divendres, 21 de gener de 2011

Sobre els nou periòdics del segle XVII...

"Toda innovación suscita burlas de los que defienden las cosas tradicionales"

dissabte, 15 de gener de 2011

El éxito de un periodista no consiste en ser leído, sino en ser creído. La credibilidad es su único patrimonio.

Manuel Vicent
POR MANUEL VICENT (El periodismo, clave del siglo XX)

Cuando pase el tiempo y el detritus de esta sociedad se eleve como un polvo sucio o dorado en el espacio de la memoria colectiva, ese polvo flotará acompañado sustancialmente de las palabras que fueron escritas en los periódicos, de las crónicas, los reportajes, los artículos y las fotos amarillas, que entonces ya no serán noticias, opiniones, pensamientos e imágenes concretas de la actualidad, sino la ficción de la vida que vivimos.

dimarts, 27 de juliol de 2010

De periodistas y literatos

LAIA MAS

Siempre he tratado de hacer un periodismo más bien literario. Para mí una buena crónica puede ser enteramente literatura o un artículo se puede convertir en ficción. Es decir, no encuentro la diferencia. Lo dijo ya un escritor catalán: cualquier periodista que, sentado en la redacción, mientras corrige un cable, duda un segundo entre elegir un adjetivo u otro, ese periodista ya es un escritor. A lo cual yo añadiría: cualquier escritor de volúmenes gordos a quien le dé igual un adjetivo que otro, ha dejado de ser escritor (Manuel Vicent)

En esta frase, Manuel Vicent presenta un tema que han tratado muchos críticos, escritores y periodistas. Es la diferencia o similitud entre los dos oficios que surgen de la escritura: la literatura y el periodismo. Han sido muchos aquellos que han tratado de marcar sus diferencias y separar estos dos oficios que, desde mi punto de vista y como voy a defender a continuación, tienen mucha relación. Ya lo dice el autor en esta afirmación: el periodista que se para a pensar y a decidir qué términos debe usar para explicar una información o cómo debe redactar una noticia para que resulte comprensible y agradable, o impactante y alarmante (según cuál sea la finalidad que se pretenda), ya es un escritor. Y, en definitiva, eso es ser un periodista; aquel que escribe sin pensar ni borrar ni una sola vez, ese no es ni periodista ni escritor, escriba en un periódico o en un libro de mil páginas.

Algunos literatos se han empeñado en marcar las diferencias entre estos dos ámbitos. Por ejemplo, León Trosky intentó desacreditar al periodismo tachándolo de “musa plebeya” o Salvador Novo afirmó que “no se puede alternar el santo ministerio de la maternidad que es la literatura con el ejercicio de la prostitución que es el periodismo”. Pero frente a éstos se encuentran otros escritores y críticos muy grandes y reconocidos que exaltan la estrecha relación entre periodismo y literatura sin ninguna duda. Por ejemplo, el poeta Octavio Paz, o el gran novelista Gabriel García Márquez. Ambos cuentan con el Premio Nobel de Literatura y aunque sus ideologías son distantes, coindiden en la similitud entre los dos ámbitos. Gabriel García Márquez dijo que lo ideal sería que la poesía fuera cada vez más informativa y el periodismo cada vez más poético. A esto que dijo García Márquez, se oponen totalmente algunos críticos que opinan que periodismo y literatura comportan relaciones controvertidas. Cuando una información periodística está redactada con creatividad la acusan de literaria, subjetiva, complicada y poco eficaz para la comunicación; igualmente, cuando una novela está escrita de manera sencilla, sin técnicas sofisticadas ni figuras literarias, y refleja un hecho con realismo, la acusan de periodística, de no poseer valor estético. Éstos no tienen en cuenta que son precisamente esas razones las que confirman el estrecho vínculo que existe entre periodismo y literatura: se diferencian tan vagamente que una noticia puede ser literaria así como una novela puede ser periodística, y esta relación no tiene por qué ser negativa.

Además, la historia nos demuestra que hay mucha influencia entre estos dos oficios. Para muchos literatos, el periodismo ha sido el taller en el que se han formado; para los periodistas, la literatura es un elemento clave para su formación. Y el mejor ejemplo es que hay muchos perdiodistas que son escritores, así como muchos escritores que son periodistas.Un buen ejemplo de lo difícil que es marcar la frontera entre periodismo y literatura es el Nuevo Periodismo norteamericano, que consistía en hacer una descripción objetiva y completa, algo que los lectores solían buscar en las novelas: contar la vida subjetiva o emocional de los personajes.


En mi opinión, periodista y escritor conforman una única personalidad. El periodista es un escritor que trabaja día a día, con relativa rapidez, y que plasma los acontecimientos del mundo. El novelista, en cambio, trabaja lentamente, a lo largo de mucho tiempo, analizándolo todo. Pero, en definitiva, la base del trabajo de ambos es la misma. Manuel Vicent refleja en esta afirmación la opinión de aquellos que no encuentran una gran diferencia entre periodismo y literatura. Aunque muchos han tratado de marcar las discordancias entre ambas, desde mi punto de vista son tan similares que es difícil separar una de la otra. Está claro que hay periodistas que no hacen para nada literatura, pero éstos no son realmente periodistas, sino simplemente personas que escriben. En el momento en el que alguien redacta una noticia pensando cada término es cuando se convierte en un periodista y, a su vez, en un literato.

Los periodistas narradores

POR JUAN CRUZ (Blogs de EL PAÍS, 27-07-10)

Están hablando de periodismo (y de narrativa) en la UIMP de Santander dos de los grandes periodistas-narradores de América Latina, Juan Villoro y Leila Guerreiro, mexicano, argentina. Los señalo porque en América Latina se está haciendo ahora el periodismo literario más atrevido de nuestra lengua. Y en ellos simbolizo a muchos compañeros y colegas suyos que están levantando a peso la lengua narrativa como instrumento eficaz para contar las cosas que ocurren allí y por el mundo.

El curso está dirigido por Basilio Baltasar y organizado por la UIMP y la por la cátedra Jesús Polanco, que nació para seguir la vocación de la extraordinaria persona que le da nombre, para juntar el pensamiento o la creatividad latinoamericana con los mismos elementos de la vida española. Un puente, exactamente.

Esos dos periodistas-narradores identifican, junto a otros, sin duda, un estado especialmente saludable del periodismo en lengua española. Basan su escritura en los hechos, en su conocimiento, en el sentido del humor, en el manejo deacuado de su propia cultura, tienen como referencias a grandes maestros del género, no renuncian a ello, y no renuncian a ninguno de los instrumentos que el periodismo tradicional (que es también el llamado nuevo periodismo) ofrece a los que quieren romperlo para hacerlo mejor.

Decía en la sesión de ayer Joaquín Estefanía que el periodismo está siendo sometido a una tormenta perfecta, desde dentro y desde fuera, y Juan Luis Cebrián aseguró (como Manuel Vicent dice a veces) que el periodismo fue siempre narrativo, literario, literatura. En España tenemos muchos ejemplos de que esto es así, y los tenemos en la actualidad y en la historia.

Creo que el futuro del periodismo pasa por reivindicar esa condición narrativa, literaria, para contar hasta el fondo las cosas; decía Azorín que, para hacer buen periodismo, había que ir derechamente a las cosas. Hasta cierto punto. El periodismo literario (por ponerle ese adjetivo a lo que es periodismo a secas) basa su eficacia en la introducción de la duda, del circunloquio, de la referencia extraviada que regresa al texto para explicarlo mejor.

Eso es lo que hacen Villoro y Guerreiro, por citar estos dos nombres ya que se da la coincidencia de que están en Santander. Ellos son elementos de una geografía humana periodística que le da mucho sentido al futuro de este oficio que quizá no sea el mejor del mundo pero es el que nos gusta a los que creemos que es el mejor oficio del mundo después del noble oficio de vigilante de playas desiertas.

diumenge, 14 de març de 2010

(Del arte de) contar historias reales

POR LEILA GUERREIRO (EL PAÍS, 27/02/2010)

Se dice, se repite: que lo más interesante de lo que se escribe y se publica hoy en Latinoamérica pertenece al género de la no ficción. Que es allí donde hay que buscar los saltos en altura, las cuerdas flojas, los riesgos de la forma y el estilo. Lo había dicho, casi igual, Tom Wolfe en 1973, en su libro El nuevo periodismo: que lo más interesante de lo que se escribía y se publicaba por entonces en Estados Unidos salía de la pluma de quienes se habían puesto al servicio de contar historias reales, y no de quienes seguían con los cuentos, las novelas. Esa lejana aseveración nos manda a ser prudentes. Porque si es verdad que aquellos años cambiaron el periodismo para siempre, mirados en perspectiva fueron también los años en los que un señor llamado John Cheever estaba en plena producción, un tal Thomas Pynchon publicaba El arco iris de gravedad, y un fulano llamado Don DeLillo hacía lo propio con Americana. Podría decirse, en todo caso, que en Latinoamérica hay buenos y malos periodistas, buenos y malos escritores, buenos y malos textos de ficción, buenos y malos textos periodísticos. Y que, en todo caso, como escribe Juan Villoro en su texto La crónica, ornitorrinco de la prosa, lo que ha cambiado es un prejuicio: "El prejuicio que veía al escritor como artista y al periodista como artesano resulta obsoleto. Una crónica lograda es literatura bajo presión".


Esto es verdad: hay, en Latinoamérica, una generación de periodistas que escribe sobre temas diversos -madres que matan a sus niñas, víctimas de las minas antipersonales, gente que desaparece en el desierto- y utiliza, para escribirlos, técnicas de la ficción: climas, tonos, estructuras complejas. Periodistas que publican sus historias en libros y revistas -SoHo, Don Juan o El Malpensante, en Colombia; Gatopardo y a veces Letras Libres, en México; Etiqueta Negra en Perú; The Clinic en Chile; Marcapasos en Venezuela: son algunas-, sostenidos en la fe de que eso que hacen no es sólo una forma decente de pagar el alquiler, ni el mal trago necesario para perpetrar después una novela, sino lo que es: literatura. Una forma de contar. Que es como decir: un arte.


Literatura, dice la RAE, es el arte que emplea como medio de expresión una lengua. "Un hombre no puede dividirse entre el poeta que busca la expresión justa de nueve a doce de la noche y el reportero indolente que deja caer las palabras sobre las mesas de redacción como si fueran granos de maíz. El compromiso con la palabra es a tiempo completo, a vida completa. Puede que un periodista convencional no lo piense así. Pero un periodista de raza no tiene otra salida que pensar así. El periodismo no es una camisa que uno se pone encima a la hora de ir al trabajo. Es algo que duerme con nosotros, que respira y ama con nuestras mismas vísceras y nuestros mismos sentimientos", decía el argentino Tomás Eloy Martínez en su conferencia Periodismo y narración: desafíos para el siglo XXI.


El género de no ficción latinoamericano por excelencia, la crónica, empezó con los primeros cronistas de Indias. Pasaron años -de años- y siguieron las firmas: Rubén Darío, José Martí, Jenaro Prieto, Roberto Arlt, Juan José de Soiza Reilly, muchos otros. Siempre conviene detenerse en el argentino Rodolfo Walsh y Operación Masacre, su libro circa 1957 que cuenta la historia de cómo, en 1956, militares partidarios de Perón intentaron una insurrección contra el gobierno y, bajo el imperio de la ley marcial, el Estado fusiló a un grupo de civiles, supuestamente implicados en aquella insurrección. Walsh -un hombre que había sido, hasta entonces, traductor del inglés y autor de cuentos policiales- escribió esa historia con ritmo y prosa de novela. Cuando fue entrevistado en 1970 por el escritor argentino Ricardo Piglia dijo así: "Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela; lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con este tema. Yo creo que la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, es decir, se sacraliza como arte. Por otro lado, el documento, el testimonio, admite cualquier grado de perfección. En la selección, en el trabajo de investigación, se abren inmensas posibilidades artísticas". Le pasó a él, les pasa a todos: siempre, ante una buena historia real, alguien señala: "Sería una gran novela". Como si no agregarle un litro y medio de ficción significara desperdiciar alguna cosa.


Hay, en Latinoamérica, editoriales que dedican colecciones enteras a la no ficción -Aguilar en Colombia, Tusquets en la Argentina-, un premio importante que la premia -y que otorga la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano-, antologías que la recopilan: Dios es chileno (Planeta), Las mejores crónicas de SoHo (Aguilar), Las mejores crónicas de Gatopardo (Debate), Crónicas de otro planeta (Debate), La Argentina crónica (Planeta). Y, aunque en los periódicos retrocede el espacio para publicarlas, aunque no son tantas las revistas que lo hacen y son pocas las que disfrutan de holguras económicas, hay entusiasmo. Un fervor. Será que, como toda conquista, la conquista de la no ficción latinoamericana es prepotente: por asalto. Y se hace, aunque todo indica que no se puede hacer.


La no ficción latinoamericana hace estas cosas: imposta modos, lenguas, busca metáforas, empieza por el final, termina por el principio, se enreda para después desenredarse, se hace la tierna, la procaz, la estoica, se escribe en presente perfecto, en castellano antiguo, en primera persona, se hace la poética, la minimalista, la muy seria, la barroca. Duda. Prueba. A veces se equivoca. Pero existe: prueba.


El tipo era uno de cuatro sentados a una mesa redonda que versaba sobre el periodismo y la literatura y sus posibles trasvasamientos, roces. Cuando uno de los participantes -periodista- terminó de exponer su método de trabajo y su defensa del periodismo como forma de arte, el tipo pidió la palabra y dijo que lo alegraba que el colega pusiera tanto empeño, pero que estaba siendo un poco exagerado porque, después de todo, la única obligación del periodismo es ser objetivo -dijo eso: ser objetivo- allí donde la ficción exige imaginación fecunda, y que es en la soledad creativa, en la que el autor dialoga con sus fantasmas, donde se ve el verdadero alcance de la palabra arte. El tipo ponía mucho empuje en la palabra "autor" y debía ser, sin duda, un grande en su oficio: alguien que, en su soledad creativa, dialogando con sus fantasmas y en pleno uso de su imaginación fecunda, se había inventado la definición del periodismo: un oficio de grises y notarios. Lo contrario a todo lo que es.


Para ser periodista hay que ser invisible, tener curiosidad, tener impulsos, tener la fe del pescador -y su paciencia-, y el ascetismo de quien se olvida de sí -de su hambre, de su sed, de sus preocupaciones- para ponerse al servicio de la historia de otro. Vivir en promiscuidad con la inocencia y la sospecha, en pie de guerra con la conmiseración y la piedad. Ser preciso sin ser inflexible y mirar como si se estuviera aprendiendo a ver el mundo. Escribir con la concentración de un monje y la humildad de un aprendiz. Atravesar un campo de correcciones infinitas, buscar palabras donde parece que ya no las hubiera. Llegar, después de días, a un texto vivo, sin ripios, sin tics, sin autoplagios, que dude, que diga lo que tiene que decir -que cuente el cuento-, que sea inolvidable. Un texto que deje, en quien lo lea, el rastro que dejan, también, el miedo o el amor, una enfermedad o una catástrofe.

Atrévanse: llamen a eso un oficio menor.

Atrévanse.

divendres, 29 de gener de 2010

El estilo existe porque hay las opciones, porque es inevitable decidir.

Garrido Medina